Bitácora de un oficio: tres décadas en el lente del conflicto

POR. LUZ DEL ALBA BELASKO

“Creo que nosotros (los fotoperiodistas) hemos visto más de la guerra (…) que cualquier otro grupo de observadores”. – The Associated Press (AP).

Esta cita, vieja conocida, resuena hoy con el peso de la experiencia. Ser testigo del trauma conlleva sus propios riesgos. Exponer a los perpetradores significa, con frecuencia, convertirse en blanco. La seguridad no es un protocolo; es una condición para la supervivencia y para que el registro continúe. La impunidad por agresiones a periodistas es la norma, no la excepción. El hostigamiento ya no solo viene de fuerzas oficiales, sino de una multiplicidad de actores: criminales, grupos de autodefensa, incluso multitudes. Desde mi doble rol –fotoperiodista en campo y editora que envía a otros–, sé que la preparación adecuada es la línea entre una cobertura eficaz y no regresar.

Finales de los 80 – Chiapas, el primer capítulo.
Mi trabajo comenzó aquí, documentando las brigadas y campos de refugiados guatemaltecos. Fui testiga de la crueldad de gobiernos autoritarios que forzaban el éxodo de comunidades enteras hacia la franja transfronteriza de Chiapas. Era el preludio.

1994 – El parteaguas.
El año que cambió todo. El levantamiento zapatista puso a Chiapas en el centro del fotoperiodismo mundial. Lo cubrí desde los primeros días como enviada de la revista DoblePunto, bajo la dirección de Héctor Peñaloza, y luego para la Agencia Españela Gamma, con colaboraciones en Radio y la revista MIRA dirigida por Humberto Mussachio. La historia se escribía con imágenes, y nosotros estábamos en la primera línea. El gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez, secuestrado ese año y luego hallado culpable por un tribunal insurgente de cerrar toda vía pacífica a los indígenas, era el rostro de un sistema que estallaba.

Febrero de 1995 – La evidencia que nadie quería.
En la Sierra Madre, en Chicomuselo, mi hermana (antropóloga) y yo capturamos el desalojo violento de la Presidencia Municipal por la Fiscalía del Estado y las “Guardias Blancas”. El saldo: siete campesinos muertos, múltiples heridos, casas desalojadas. Las únicas evidencias gráficas las teníamos nosotras, dos mujeres, y la corresponsal de Televisa. Ese material, hoy patrimonio del CENCOS y de la Diócesis de San Cristóbal en su labor de derechos humanos, fue un punto de no retorno.

El exilio y la mirada global.
Salí de México. El material de esos años se convirtió en libros y portadas. Con base en Madrid, España, fui enviada a territorios de desplazados y campos de refugiados en Perú, Colombia, África e India. Era la misma geografía del dolor, distintos nombres. Todo durante los gobiernos de Zedillo y Fox.

2009 – El regreso y las nuevas guerras.
Retornamos a la Sierra Madre de Chiapas para evidenciar el avance de la minería a cielo abierto. Cubrimos la lucha del dirigente antiminero José Luis Abarca, asesinado ese mismo año. También sobreviví a coberturas en los territorios de alto peligro de la Tierra Caliente (Estado de México, Michoacán, Guerrero). El riesgo había mutado, pero no disminuido.

La trinchera cultural.
Regresé a mi origen, a una casita transformada en café y foro cultural. Desde ahí, documenté las grandes peregrinaciones tojolabales, chamulas y otros oficios tradicionales. Colaboré en el proyecto “MUERMAR” (Museo Errante de la Marimba). La cultura fue mi estandarte y mi “bajo perfil”, trabajando a veces en el anonimato, sin firmar para agencias. Consciente siempre de que este oficio de más de 30 años es fundamental: somos los notarios visuales de la historia.

2022 – Protocolos y vulnerabilidades.
Junto a colegas que cubren la Sierra Madre Fronteriza, enfrentamos riesgos crecientes con protocolos de seguridad forjados por experiencia. Fueron más de dos años documentando a la población desplazada, atrapada en el conflicto entre carteles. La adaptación era una cuestión de supervivencia.

2025 – La intimidación estatal.
Con el nuevo gobierno federal y estatal, seguimos trabajando. Hasta mediados de año. Los días 11 y 12 de julio de 2025, la Fiscalía General del Estado de Chiapas, con participación del H. Ayuntamiento de Comitán, SEDENA y Guardia Nacional, irrumpió con violencia en mi domicilio particular en dos cateos. Fueron actos violatorios de mis derechos humanos, denunciados ante instancias federales y de derechos humanos. Sembrar miedo para paralizar, intimidar o callar. Esto ocurrió en un contexto de mis coberturas sobre conflictos en la Sierra y denuncias de derechos humanos. Un patrón claro de intimidación.

2025 – Reafirmación.
Ese año, pese a todo, fue trascendente para reafirmar mi oficio. El apoyo emocional de colegas en todo el mundo fue un baluarte. Seguiremos en la trinchera de mostrar los momentos cruciales de nuestros pueblos. Actualmente, estoy incorporada al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas. La bitácora, a pesar de todo, sigue abierta. El registro continúa.